
La izquierda de discurso y los trabajadores de carne y hueso.

El poder no siempre está donde se sienta.
Hay una vieja ironía en la historia política: las causas que llevan a un movimiento al poder pueden convertirse, con el tiempo, en las preguntas más incómodas para quienes lo gobiernan.
La historia de los derechos laborales está llena de paradoja. Lo que hoy aparece en los discursos como una conquista irreversible, ayer fue una exigencia que incomodó a gobiernos, empresarios y élites políticas. La jornada laboral, el salario digno, la seguridad social y el derecho a organizarse no nacieron de la generosidad de quienes ocupaban el poder. Fueron resultados de luchas, movilizaciones y trabajadores que se negaron a aceptar que su realidad era inamovible.
Por eso, lo que el día de hoy ocurre con los trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social merece una lectura que vaya más allá de los bloqueos, las consignas y el caos vial.
La pregunta es inevitable: si Morena se asume como movimiento de izquierda, ¿qué significa defender a los trabajadores cuando son precisamente los trabajadores de una institución pública quienes salen a exigir mejores condiciones?
Porque una cosa es reivindicar la lucha obrera desde un templete y otra muy distinta es escucharla cuando toca la puerta del gobierno. El problema comienza cuando las causas se convierten en patrimonio discursivo de los partidos políticos y las demandas concretas se vuelven un asunto administrativo que puede esperar.
Tampoco basta con que la oposición descubra de pronto su vocación obrera. Porque los derechos laborales no pertenecen al PAN, MC, PRI, ni a ningún otro partido político. Tampoco son propiedad de un gobierno en turno. Son derechos que deben exigirse a cualquiera que tenga la responsabilidad de garantizarlos, sin importar el color de su logotipo o la ideología que declare profesar.
La izquierda debe responder por la distancia entre sus principios y sus decisiones de gobierno. La derecha debe explicar qué propone más allá de la crítica y las autoridades del IMSS deben dar cuenta de las medidas que tomarán frente a las demandas laborales y operativas.
No se trata de repartir certificados de pureza ideológica. Se trata de exigir congruencia.
Al final, la historia tiene una ironía que la política suele olvidar: los movimientos que alguna vez exigieron ser escuchados pueden terminar administrando las mismas instituciones ante las que otros reclaman atención. Y cuando esto sucede, la legitimidad ya no se demuestra recordando las luchas del pasado, sino respondiendo a las del presente.
En La Silla Vacía, la pregunta queda sobre la mesa: ¿de qué sirve reivindicar la historia de los trabajadores si, cuando los trabajadores levantan la voz, la respuesta no está a la altura de las exigencias?


