México Internacional Sinaloa Política Espectáculos Deportes Policiaca Insólito Estilo y vida Opinión
- La Gaceta

La bomba de gasolina… y la otra bomba fiscal

La bomba de gasolina… y la otra bomba fiscal

La bomba de gasolina… y la otra bomba fiscal. Cada vez que un automovilista llega a la gasolinera y ve el precio del litro rondando los 30 pesos, suele pensar que la culpa es del petróleo, de los mercados internacionales o en el peor de los casos, de la gasolinera de la esquina. Pero la realidad es más incómoda. Cuando se desmenuza el precio del combustible aparece una verdad poco mencionada en el discurso político: la gasolina también es un poderoso mecanismo de recaudación fiscal. De esos casi 30 pesos por litro: cerca de 10 pesos se van directo a impuestos, entre el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios y el Impuesto al Valor Agregado. Apenas un peso queda como margen para la gasolinera y el resto corresponde al combustible refinado por Petróleos Mexicanos o importado. Traducido al lenguaje de la calle: el gobierno gana casi lo mismo que cuesta la gasolina misma. Y aquí está la ironía. La gasolina suele presentarse como un tema de política energética, cuando en realidad también es un asunto de política fiscal. Porque cada vez que alguien llena el tanque, no sólo está comprando combustible: está pagando impuestos de manera automática. Sin declaraciones, sin contadores y sin auditorías. La recaudación más eficiente del sistema tributario. El problema es que este tipo de impuestos tiene efectos de reacción en cadena. Cuando sube la gasolina: sube el transporte, sube la logística, suben los alimentos y sube prácticamente todo. Es decir, el impuesto al combustible termina funcionando como un impuesto indirecto para toda la economía. Por esto la discusión pública sobre la gasolina casi siempre se queda en la superficie: si subió el petróleo, si bajó el subsidio, si el mercado internacional presiona. Pero pocas veces se habla de la pregunta incómoda: ¿Cuánto del precio de la gasolina es energía y cuánto es recaudación? Porque al final del día, cada vez que el surtidor marca los casi 30 pesos por litro, lo que realmente estamos viendo es una mezcla de combustible y de política fiscal…

¿Por qué la gasolina cuesta casi los $30 pesos si el combustible vale mucho menos? La estructura del precio de la gasolina es un buen ejemplo para explicar la formación de precios en los mercados regulados. El precio final no depende sólo del producto, sino de varios componentes. 1. Costo del bien. El combustible como producto energético cuesta aproximadamente $12 pesos por litro. Este precio depende de factores como: costo del petróleo, refinación, importaciones y tipo de cambio. Gran parte de la gasolina consumida en México proviene de las refinerías de Petróleos Mexicanos o del mercado internacional. 2. Impuestos indirectos. El precio incluye dos impuestos principales: Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) y el Impuesto al Valor Agregado (IVA). Estos impuestos suman aproximadamente $10 pesos por litro. En la economía, esto se conoce como impuestos indirectos que se trasladan al consumidor. 3. Costos de distribución. Antes de llegar al consumidor, la gasolina debe de transportarse y almacenarse. Esto incluye:  terminales de almacenamiento, transporte en pipas o ductos, seguridad y control del combustible. Este componente cuesta aproximadamente $1.50 por litro. 4. Margen del vendedor. La estación de servicio obtiene alrededor de $1 peso por litro. Este margen cubre: salarios, electricidad, mantenimiento y operación del negocio. En economía esto se llama margen comercial de ganancia. 5. Lección económica clave. El ejemplo de la gasolina muestra que el precio final puede descomponerse así: Precio final = costo del bien + impuestos + distribución + margen. En el caso mexicano: 48% producto, 42% impuestos, 10% distribución y comercialización. Esto demuestra cómo la política fiscal puede influir directamente en el precio de mercado…

“Plan B”: cuando la democracia estorba, se rediseña. La nueva intentona de reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no parece tener como prioridad fortalecer la democracia, sino hacerla más “funcional” para quienes gobiernan. O dicho sin eufemismos: ajustar las reglas del juego mientras se va ganando el partido. Exconsejeros electorales lo han dicho con toda claridad: el problema no es reformar, sino para qué y para quién se reforma. Y en este caso, el ADN del llamado “Plan B” no apunta precisamente a ampliar la competencia, sino a facilitar la permanencia. Porque cuando desde el poder se diseñan las reglas, siempre existe la tentación -casi genética políticamente hablando- de inclinar discretamente la cancha. MORENA y sus aliados aprobaron la iniciativa en lo general, aunque no sin fisuras. El Partido del Trabajo, curioso guardián de la prudencia en esta ocasión, frenó la posibilidad de empatar la revocación de mandato con la elección de 2027. ¿La razón? Evitar que el ejercicio ciudadano se convierta, casualmente, en plataforma de campaña. Porque sí, hay coincidencias, y hay “coincidencias” demasiado útiles. Los especialistas han advertido tres riesgos claros si se mezclan ambos procesos: uno técnico, uno económico y uno político. Pero es este último el que enciende las alarmas: abriría la puerta a un escenario inédito donde el poder no solo compite, sino que también se evalúa a sí mismo en plena contienda. Una especie de juez y parte con boleta en mano. Y ahí es donde la democracia deja de ser un árbitro imparcial para convertirse en una herramienta estratégica. Pero todo se hace, claro, en el nombre del pueblo bueno y sabio. Porque en la política mexicana existe una máxima no escrita: si las reglas no te garantizan ganar, siempre existe la tentación de cambiarlas…

Frijoles, narrativa y realidad. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo nos recuerda que el frijol es “un alimento bendito” y que, combinado con el maíz o el arroz, puede ofrecer un gran aporte proteico comparable al de la carne. Y sí es cierto, tiene mucha razón, al menos en el laboratorio de la nutrición. Porque efectivamente, la mezcla de las leguminosas con los cereales logra un perfil de aminoácidos bastante completo. Nada que discutir hasta ahí. El problema no es científico, sino que es político. Bajo el lema: “A mucha honra somos frijoleros”, el mensaje intenta revalorizar la dieta tradicional mexicana. Lo cual, en otro contexto, sería hasta motivo de orgullo cultural. Pero en el contexto actual, suena más a resignación que a reivindicación. Porque cuando desde el poder te explican por qué puedes sustituir la carne, lo que muchos escuchan no es educación nutricional, sino una elegante forma de decirte que te ajustes a lo que te alcance. Y ahí es en donde la narrativa se vuelve incómoda. No porque el frijol sea poca cosa -todo lo contrario-, sino porque el mensaje parece normalizar que la proteína animal se vuelva un lujo. Como si el problema fuera de percepción alimentaria y no de poder adquisitivo. Mientras tanto, la canasta básica sigue tensionando el bolsillo, y la discusión deja de ser qué es mejor comer, para convertirse en qué es lo único que se puede pagar. Al final, el discurso oficial habla de tradición, salud y orgullo. La realidad cotidiana habla de precios, limitaciones y supervivencia. Y entre una cosa y la otra, el frijol deja de ser símbolo cultural, para convertirse en un termómetro económico. Porque no es lo mismo comer frijoles por gusto, que por necesidad…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

Facebook: Carlos Avendaño   Twitter: @Carlosravendano   http://www.carlosavendano.mx

hectormunoz.com.mx - lagaceta.me - entreveredas.com.mx - rrcagenciainfomativa.com – nexusmedia.com – entreredes.com.mx

Artículos relacionados