En estos últimos meses, hemos estado analizando que algo empieza a moverse en el tablero político nacional y estatal. En distintos procesos locales -elecciones ordinarias y extraordinarias- hemos venido observando resultados que, más allá de casos aislados, abren el debate para una discusión: ¿MORENA está perdiendo terreno? Ciertamente que esta no es una caída uniforme ni definitiva, pero sí existen señales de desgaste en algunas regiones de todo México. Y esto, en política, siempre merece poner muchísima atención. 1.- Primera lectura: el voto ya no es automático. Durante años, el oficialismo contó con una base sólida impulsada por programas sociales y una narrativa de cambio. Hoy, esta base parece más crítica, más dispuesta a evaluar los resultados y, en algunos casos, a votar de manera distinta. Importante es también aclarar: los programas sociales son derechos constitucionales, no favores partidistas. Gane quien gane, deben mantenerse de manera que ya están establecidos constitucionalmente. 2.- Segunda lectura: la competencia interna y dizque aliada. Partidos como el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo, tradicionalmente aliados incondicionales de MORENA, también están participando con su propio juego territorial. En ciertos escenarios locales, esto fragmenta el voto y configura los resultados. 3.- Tercera lectura: el desgaste del poder morenista. Gobernar siempre implica un costo. Cuando las expectativas no se cumplen al ritmo esperado -en seguridad, en economía o en servicios-, el voto empieza a moverse hacia otro lado. No necesariamente hacia una oposición consolidada, pero sí hacia opciones distintas o inclusive hacia la abstención -últimamente la real ganadora ha sido la abstención-. Y ahí está el punto clave: más que un “derrumbe”, lo que podemos observar es un electorado menos cautivo y más volátil. La narrativa de que “todo sigue igual” ya no alcanza. Pero tampoco basta con afirmar que “todo cambió”. El escenario ahora es más complejo. Al final, la verdadera prueba será en estas próximas elecciones venideras del 2027. Ahí veremos realmente si estas señales son tendencia o solo episodios locales. Porque en una democracia, el poder no se hereda: se refrenda o se pierde…
MORENA mueve sus piezas rumbo al 2027. En política, los cargos no se asignan, se calculan. Y el nombramiento de Citlalli Hernández como presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones de MORENA no es menor: es una clara señal de que el partido ya está en modo electoral. Rumbo al 2027, en donde se renovarán 17 gubernaturas, MORENA empieza a ordenar su tablero. Y lo hace en un momento clave: cuando su principal aliado, el Partido Verde Ecologista de México, ya marcó su distancia en las plazas importantes como San Luis Potosí y la Ciudad de México. Esto cambia el juego. Porque MORENA tendrá que negociar, pero también competir. El perfil de Citlalli Hernández no es casual. Viene de formar parte del equipo que consolidó la expansión territorial del partido junto a Mario Delgado Carrillo, hoy en otra trinchera dentro del gobierno federal. Experiencia electoral, operación política y control interno, esta es la apuesta. Pero el reto no es menor. MORENA ya no es oposición, sino que es poder. Y cuando se es poder, las tensiones internas crecen: aspirantes, grupos, cuotas, aliados incómodos y decisiones que no siempre dejan contentos a todos. Las señales ya están ahí a la vista de todos. En el Senado, varios perfiles comienzan a perfilar su salida para competir en estas próximas elecciones venideras del 2027. Las manos levantadas no son espontáneas: sino que son parte de una carrera que apenas empieza. La pregunta no es si MORENA llegará fuerte al 2027. La pregunta es en qué condiciones. ¿Unido o fragmentado? ¿Con aliados o en solitario? ¿Con estructura o con desgaste? Porque en política, ganar una elección es complicado, pero administrar el poder lo es aún más. Y en el 2027 no será una elección más. Sino que será una prueba de resistencia para el partido de MORENA…
Canasta básica 2026: cuando comer deja de ser básico. ¿Comer ya es un lujo? La pregunta suena exagerada, hasta que uno pisa el mercado. En este 2026, una familia mexicana necesita cerca de 5 mil pesos mensuales para cubrir la canasta básica de productos y servicios. Y, aun así, cada visita al súper o al tianguis, confirma lo mismo: el dinero rinde menos y no alcanza. Ahí está el caso del jitomate, que en algunas zonas ya alcanza los 69 pesos por kilogramo. Un producto esencial convertido en gasto que se piensa dos veces. Y no es el único. El incremento en alimentos básicos no solo responde a la inflación general. También influyen factores como el clima extremo -cada vez más ligado al cambio climático-, los costos de transporte, la volatilidad de insumos y, en algunas regiones, problemas de seguridad en las cadenas de distribución. Todo esto suma. El problema es que el ingreso no crece al mismo ritmo que el gasto real. Y ahí es donde la narrativa oficial se topa con la vida diaria. Porque una cosa es hablar de aumentos salariales, y otra cosa muy distinta, es llenar el carrito de comida. Hoy, millones de familias ajustan los hábitos de consumo: compran menos, sustituyen productos o simplemente eliminan lo que antes era cotidiano. No por elección sino por necesidad. La canasta básica debería ser el piso mínimo de bienestar. Pero cuando este piso se eleva tanto, deja a muchos por fuera. Y entonces la pregunta ya no es retórica: ¿Hasta dónde puede seguir subiendo el costo de lo básico sin romper la economía de los hogares mexicanos? Porque cuando alimentarse se vuelve un reto, el problema deja de ser económico y se convierte en una problemática social…
Sinaloa: visitas que no se traducen en seguridad. El flamante secretario federal de Seguridad, Omar García Harfuch, volvió a Sinaloa. Y como en ocasiones anteriores, dejó más preguntas que respuestas. Fotos, reuniones, declaraciones y la misma frase de siempre: “vamos a reforzar la seguridad”. Pero la realidad no se mide en conferencias, se mide en resultados. Y los resultados siguen sin aparecer con claridad en un estado que arrastra una crisis de violencia desde el año 2024, donde homicidios y desapariciones forman parte de la rutina cotidiana. Aquí el problema no es la presencia institucional, es la ausencia de una estrategia visible y sostenida. Porque la seguridad no se construye con giras relámpago, se construye con inteligencia, coordinación y permanencia. Se ha hablado de inversión en un nuevo sistema C5, lo cual suena bien en el papel, pero la tecnología, por sí sola, no contiene la violencia. Sin policías suficientes, sin investigación eficaz, sin reducción de la impunidad, cualquier infraestructura termina siendo insuficiente. Y ahí está el punto crítico: Sinaloa enfrenta un déficit de elementos de seguridad, mientras la ciudadanía enfrenta un déficit de confianza en las instituciones de seguridad. Porque cuando la gente no ve cambios en su entorno, los anuncios pierden peso. No se trata de cuestionar la intención, se trata de exigir resultados. Porque venir, reunirse y prometer ya no alcanza. Sinaloa no necesita visitas esporádicas. Sinaloa necesita una estrategia constante. Y la pregunta sigue en el aire: ¿Cuándo se va a traducir la presencia federal en paz real para los sinaloenses? Suyos los comentarios estimado lector…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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